Disquisiciones confinatorias

05/01/2020

Probablemente sean dos las enseñanzas que nos ha trasmitido a todos (o a algunos) este encierro forzoso. Una: que la muerte propia es, por decirlo así, una realidad práctica. Porque en teoría sí, en teoría sabíamos que éramos mortales, pero morirse, lo que se dice morirse, eso era sólo cosa de “los otros”. Uno tenía siempre presente el horizonte abstracto de la esperanza de vida que, por supuesto, llegado el momento uno rebasaría con creces. Y en realidad, como decía Raimundo Panikkar, “todos estamos equidistantes de la muerte” (y Panikkar no estaba pensando en las epidemias, que son la mejor prueba de esa equidistancia). La segunda enseñanza es que el encierro ha podido ser muy útil en el plano intelectual (¡poder leer o escribir con tantas horas por delante y sin ningún compromiso social!), pero es enormemente dañoso en el plano físico. Antes del encierro íbamos de acá para allá, y eso podía dejar más o menos cumplida la exigencia del cuerpo, y no se pensaba en ella. Y ahora se da uno cuenta de que el cuerpo reclama su atención propia. No puede uno vivir una vida torremarfileña de puro ejercicio del espíritu. Somos tan espíritu como cuerpo. El cuerpo tiene mala prensa desde la antigüedad, y luego los ascetas vinieron a empeorarla. Quizá llegue un momento en que nos demos cuenta de que la distinción entre espíritu y cuerpo sea una de tantas dualidades que arrancan de Platón, y que en el fondo son un gravísimo error; que espíritu y cuerpo son una unidad, y que si dentro de esa única realidad volvemos al dualismo de considerar que tiene dos aspectos, va a resultar que el más importante es el físico.

 

 

 

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© Antonio Pau                                                                        

 

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