La leyenda del santo bebedor

10/08/2019

       Ha vuelto a publicarse el último relato que escribió Joseph Roth, poco antes de morir  a los cuarenta y cuatro años: La leyenda del santo bebedor. Es un relato extraordinariamente delicado. Al vagabundo Andreas Kartak lo trata Roth con inmensa compasión, cosa nada sorprendente, porque ese personaje es el propio autor. Roth llamó a la La leyenda mi testamento. Roth, judío perseguido por los nazis y huido a París, se convirtió al catolicismo, pero lo hizo secretamente, como tantos judíos que no quisieron manifestar públicamente el abandono del judaísmo en una época en que estaban perseguidos o eran asesinados. Podría haberse entendido como una traición a sus hermanos.

 

       El argumento de La leyenda es muy sencillo, entre otras cosas porque el relato tiene sólo noventa páginas. Al vagabundo Andreas Kartak le entrega un señor desconocido un billete de 200 francos que el vagabundo se empeña en devolverle más adelante. El desconocido le dice que, si se empeña, se los devuelva, pero no a él, sino a Santa Teresita de Lisieux, que tiene una imagen en la pequeña iglesia de Sainte Marie des Batignolles, al norte de París. La historia es una sucesión de intentos frustrados de devolver los 200 euros, jalonados de pequeños milagros en que el vagabundo, que ha gastado varias veces el dinero, vuelve a recuperarlo.

 

       Esta es la historia de un hombre bueno que ha perdido la voluntad por el alcohol. Hace numerosos intentos de llegar a la imagen de Santa Teresita y devolver el dinero, pero siempre hay un obstáculo que no logra superar. Ya dijo Gregorio Marañón que el refrán “el infierno está empedrado de buenas intenciones” es un disparate. Las buenas intenciones tienen el máximo valor. El vagabundo Andreas Kartak no tiene fuerzas para conseguir que sus buenas intenciones se hagan realidad.

 

       Es una pena que La leyenda se vuelva a publicar con el mismo el prólogo de Carlos Barral, que nos cuenta su relación con el alcohol –cosa que a la mayoría de los lectores no nos interesa nada–, y que entiende este relato, simplemente, como la manera en que el vino transforma la visión del mundo. Y luego las imprecisiones: Sta. Teresita no tiene un altar en esa iglesia y el vagabundo no muere “al pie del altar de la santa”, sino en la sacristía, etcétera. ¿El prologuista se ha leído, de verdad, el libro?

 

       En la frase final del relato, con la que Barral cierra su prólogo –“Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte”-, ¿por qué traducir “leicht” por liviana? Roth, borracho empedernido como su personaje, sólo le pedía a Dios una muerte fácil. Es lo que todos queremos: que Dios nos dé una muerte fácil. Y eso es lo que, además, quiere decir aquí la palabra alemana.

 

       (Precioso, sin embargo, el epílogo de Hermann Kesten. Es más elegante, además, ponerle un epílogo a Roth que un prólogo). 

 

 

 

 

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© Antonio Pau                                                                        

 

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