EN LA MUERTE DE MANUEL ALCÁNTARA

04/18/2019

Manuel Alcántara ha dejado dispersa su obra por una docena de periódicos y a lo largo de varias docenas de años. Lo mismo que su amigo y maestro González Ruano, a cuyas memorias, en la edición de Tebas, puso un extraordinario prólogo que tituló, simplemente, César. Alcántara había recopilado –o le recopilaron, más bien– a finales del siglo pasado un puñado de artículos en dos libros deliciosos: Vuelta de hoja y Fondo perdido. Pero, como en el caso de Ruano, su obra seguirá oculta en las hemerotecas por muchos años, quizá para siempre.

 

Alcántara tenía una estoica alegría de vivir. A mí me dijo un día: No tengas dolor moral. No sé por qué me lo dijo así. Yo lo entendí como una saludable recomendación de pasotismo. Ese mismo día le pregunté por qué no escribía más versos (qué gran poeta era). Me preguntó que para qué. Le dije: No sé, por la posteridad. Y me dijo: ¿Y qué va a hacer la posteridad por mí?

 

Ahora que ha muerto Alcántara nos toca quejamos a nosotros. Lo mismo que él se quejaba en el soneto que tituló Carnet de identidad. Nos ha dejado solos.

 

Nadie me avisó. Más tarde o más temprano

supusieron que lo aprendería.

Nadie me dijo: riega a la alegría,

los muertos son terreno de secano.

 

Todo lo que me importa está lejano.

Si yo hubiera sabido a qué venía

os juro que vivir -yo qué sabía-

no me hubiera ganado por la mano.

 

Me dijeron vivir a quemarropa:

siglo XX -acordaron-, en Europa,

en Málaga, en enero y en Manolo.

 

Todo lo dispusieron: hambre y guerra,

España dura, noche y día, tierra

y mares… luego me dejaron solo.

 

 

 

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