Frieda

11/09/2017

Al acabar de escribir una biografía, habría que ponerse a escribir un segundo volumen en que se contaran las vidas de todos los personajes secundarios que se cruzaron con el biografiado. No las de los grandes hombres o las grandes mujeres, que ya tienen o acabarán teniendo su propia biografía, sino las de quienes vivieron junto al biografiado una existencia privada y discreta, y tejieron en torno a él esa trama de afectos -duraderos unos y transitorios otros- en que consiste toda vida.

 

Generalmente, lo que ha quedado de esos personajes secundarios son sólo unos pocos flecos deshilachados, y de lo que se trata es de coserlos de nuevo para que recobren el lustre que todo relato de una vida, por modesta que sea, debe tener. Como suele decir Andrés Trapiello, todo el mundo tiene su novela. Hay quien tiene sólo un cuento o una fábula, pero también merecen ser contados. 

 

Esta es la fotografía de Frieda Baumgartner, la asistenta que venía andando todas las mañanas desde el cercano pueblo de Sierre a ordenar el torreón de Muzot, y a lavar la ropa y los platos sucios. Era discreta y silenciosa. Pero, aun siendo así, cuando Rilke empezó a percibir los pródromos del arrebato lírico que le llevaría a terminar las Elegías, le pidió que no volviera durante un tiempo. Unos años más tarde, cuando el poeta murió, fue ella quien comunicó la muerte a algunos visitantes de Muzot a los que había conocido, y en esas cartas, escritas con una letra malamente aprendida en la escuela,  puede verse cuanto afecto había en aquella relación de apariencia tan superficial.

 

 

 

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© Antonio Pau                                                                        

 

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