Gert

11/06/2017

Entre cartas antiguas, casi rasgadas por los pliegues, y pardos el papel y la tinta, encuentro la de una joven alemana que en la primavera de 1942 le escribe a mi padre, que está en un hospital de campaña, convaleciendo del desgarro de un brazo causado por la metralla de un obús. Le dice que no le envía una foto suya, porque debido a las carencias de la guerra, está demacrada, extremadamente delgada y tiene el pelo (Haartracht es la palabra que utiliza, que es más bien el estado del pelo) ralo y lacio, aunque en realidad su pelo es abundante y rizado. Por eso ha decidido dibujar su auténtica imagen, para que él se haga idea de cómo en realidad es. Ya no tengo estos pequeños ricitos, escribe al pie del dibujo.

 

Le dice también, con rotundidad, que no va a hacerse ninguna fotografía (ich werde keine Aufnahme von mir anfertigen lassen), quizá porque piensa que, de no morir bajo las bombas, nunca recuperará su imagen auténtica.

 

¿Cuál es esa imagen auténtica, esa imagen real? ¿Cuál es la nuestra, la de cada cual? ¿La imagen que teníamos de jóvenes, la de adultos, la de viejos? ¿La del tiempo de salud y no la de los años de enfermedad? ¿La de épocas de felicidad y no las de infelicidad? Esa idea de la imagen auténtica no es ninguna simpleza, sino todo lo contrario. Cada uno tiene de sí mismo una imagen auténtica. Y de una persona que ha muerto, y a la que hemos visto a lo largo de su vida, y por tanto con múltiples imágenes que han ido cambiando con los años, tenemos también en la memoria (por llamarlo de alguna manera) una imagen auténtica, real, que probablemente no coincida con ninguna de las imágenes con las que apareció ante nosotros, pero que es una síntesis misteriosamente abstraída o decantada de todas ellas.

 

Los que confiamos en otra vida, y creemos que cuerpo y alma forman una unidad inescindible (pese al dualismo platónico que tanto daño ha hecho al ser aceptado por la teología), no tenemos más remedio que plantearnos cómo será la imagen de cada cual al otro lado, y habrá que concluir que será la imagen auténtica, esa de la que hablaba con absoluta convicción la joven alemana (Gert, firma la carta) que se sentía dolorosamente estragada por las calamidades de la guerra.

 

 

 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

Please reload

Archivo
Entradas recientes

10/15/2019

6/6/2019

4/21/2019

Please reload

  • Facebook Clean Grey
  • Twitter Clean Grey
  • LinkedIn Clean Grey

© Antonio Pau                                                                        

 

antonio-pau@hotmail.com