El gancho del trapero

El precedente de los blogs está en los muchos periódicos del siglo XIX que tenían un solo redactor, o varios que eran en realidad uno solo que escribía con distintos seudónimos. Pero el capricho de editarse un periódico propio resultaba caro, y una infinidad de ellos no pasó de los tres o cuatro números. En muchos casos ni siquiera del primero. En la década que va de 1860 a 1870 –por elegir un periodo cualquiera del siglo– salieron en Madrid nada menos que 893 periódicos. Es evidente que la mayoría de ellos respondían a la ilusión de un individuo solitario por encontrar amigos (quizá solitarios también) con los que compartir su vida.

Una de las cosas más extraordinarias de esos periódicos fugaces eran los títulos: Crónica de ambos mundos, Cajón de sastre o montón de muchas cosas, El hablador juicioso y crítico imparcial, Páginas de un demente, El Pregonero, El Conciliador, Don Trifón o el cantor de las verdades, El duende del Manzanares, El gancho del trapero, El Vigía, El Vaticinador, El Centinela, El avisador de España, Azucarillos y merengues, El amigo de todos, El monaguillo de Las Salesas, El bufón de la Corte…

No creo que a estos blogeros del siglo XIX les parezca mal que alguien tome en préstamo una de sus cabeceras para ponerla al frente de un blog del siglo XXI. Entre Crónica de ambos mundos, Azucarillos y merengues y El gancho del trapero, no sabe uno por cuál optar y acaba decidiéndose por el último. El trapero va hurgando con el gancho entre las cosas que encuentra, pincha la que tiene valor y la echa al cesto que lleva a la espalda. Entre tanto trapo sucio, entre tanta vanidad y simpleza, siempre hay algo que lanza un pequeño brillo verdadero, y a veces hasta grande…

 

5/16/2020

La bellísima Françoise Hardy, que no ha dejado nunca de serlo, acaba de sacar un disco con una canción que dice : J'ignore si ce que j'aime en vous, c'est vous. Grave cuestión, que no me extraña que una cantante inteligente como ella se plantee. Cuándo nos enamoramos de una persona (y esto vale también para el amor más sereno que llega después del enamoramiento), ¿nos enamoramos de ella? ¿estamos seguros? Esta no es una cuestión orteguiana, no se trata de saber si al enamorarnos de una persona nos condiciona su circunstancia, que al fin y al cabo, según el filósofo, es ella misma. No. Es algo más sutil. El diccionario académico define la mismidad como “aquello por lo cual se es uno mismo”. En el colegio nos enseñaban que la palabra definida no debe entrar en la definición, pero pasémoslo por alto. ¿Nos enamoramos, de verdad, de la mismidad, o nos condicionan otras cosas? Advertía Julián Marías que cuando se pregunta a una persona que “qué es”, se contesta: cirujano, notario, astro...

5/15/2020

No tengo duda de que, antes o después, irá aflorando un fenómeno que se llamará literatura del confinamiento. Porque, encerrado entre cuatro paredes, sin posibilidad de entretenimiento y con necesidad de evasión, el escritor, lo que hace, es escribir. Pero no, esa literatura del confinamiento no será una literatura de evasión, sino todo lo contrario: será una literatura introspectiva, memorialística, sensitiva, sutil, sentimental en el mejor sentido, en algún caso, quizá, con ribetes apocalípticos o milenaristas. No quiero decir que la literatura del confinamiento vaya a tener, en todos los casos, todos esos rasgos. Tendrá sólo alguno o algunos, pero serán suficientes para que unas páginas puedan adscribirse al género. En la literatura del confinamiento habrá prosa y verso, ficción y realidad, seriedad y humor. Pero quizá el rasgo común, el que se dé en todos los casos, sea una rehumanización en la visión de las cosas. La literatura del confinamiento va a apartarse del jugueteo verbal,...

5/1/2020

Probablemente sean dos las enseñanzas que nos ha trasmitido a todos (o a algunos) este encierro forzoso. Una: que la muerte propia es, por decirlo así, una realidad práctica. Porque en teoría sí, en teoría sabíamos que éramos mortales, pero morirse, lo que se dice morirse, eso era sólo cosa de “los otros”. Uno tenía siempre presente el horizonte abstracto de la esperanza de vida que, por supuesto, llegado el momento uno rebasaría con creces. Y en realidad, como decía Raimundo Panikkar, “todos estamos equidistantes de la muerte” (y Panikkar no estaba pensando en las epidemias, que son la mejor prueba de esa equidistancia). La segunda enseñanza es que el encierro ha podido ser muy útil en el plano intelectual (¡poder leer o escribir con tantas horas por delante y sin ningún compromiso social!), pero es enormemente dañoso en el plano físico. Antes del encierro íbamos de acá para allá, y eso podía dejar más o menos cumplida la exigencia del cuerpo, y no se pensaba en ella. Y ahora se da un...

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