El gancho del trapero

El precedente de los blogs está en los muchos periódicos del siglo XIX que tenían un solo redactor, o varios que eran en realidad uno solo que escribía con distintos seudónimos. Pero el capricho de editarse un periódico propio resultaba caro, y una infinidad de ellos no pasó de los tres o cuatro números. En muchos casos ni siquiera del primero. En la década que va de 1860 a 1870 –por elegir un periodo cualquiera del siglo– salieron en Madrid nada menos que 893 periódicos. Es evidente que la mayoría de ellos respondían a la ilusión de un individuo solitario por encontrar amigos (quizá solitarios también) con los que compartir su vida.

Una de las cosas más extraordinarias de esos periódicos fugaces eran los títulos: Crónica de ambos mundos, Cajón de sastre o montón de muchas cosas, El hablador juicioso y crítico imparcial, Páginas de un demente, El Pregonero, El Conciliador, Don Trifón o el cantor de las verdades, El duende del Manzanares, El gancho del trapero, El Vigía, El Vaticinador, El Centinela, El avisador de España, Azucarillos y merengues, El amigo de todos, El monaguillo de Las Salesas, El bufón de la Corte…

No creo que a estos blogeros del siglo XIX les parezca mal que alguien tome en préstamo una de sus cabeceras para ponerla al frente de un blog del siglo XXI. Entre Crónica de ambos mundos, Azucarillos y merengues y El gancho del trapero, no sabe uno por cuál optar y acaba decidiéndose por el último. El trapero va hurgando con el gancho entre las cosas que encuentra, pincha la que tiene valor y la echa al cesto que lleva a la espalda. Entre tanto trapo sucio, entre tanta vanidad y simpleza, siempre hay algo que lanza un pequeño brillo verdadero, y a veces hasta grande…

 

4/25/2020

         Xavier de Maistre escribió su Viaje alrededor de mi cuarto (Voyage autour de ma chambre, 1794) en una situación de confinamiento. “Me han prohibido ir y venir en una ciudad –dice en una de las primeras frases–, pero me han dejado el universo entero: la inmensidad y la eternidad están a mis órdenes”. Se podría pensar, leyendo esa frase, que el autor va a hacer un viaje introspectivo, un viaje por ese “universo interior” del que habló Goethe, o por el cubículum cordis de san Agustín. Y en realidad no es así. Lo que hace es fijar su atención. Su cuarto deja de ser el escenario en que se desarrolla su vida para convertirse en el centro de su atención. Curiosamente, hay un momento determinado –y, en general, bastante temprano– en el que, después de colocar un nuevo objeto en nuestra casa, dejamos de verlo. Durante unos días nos detenemos delante de él, y pensamos algo así como qué bonito es y qué bien queda ahí. Después, ese objeto desaparece y se convierte en u...

4/24/2020

       Los que, en tanto llega la desescalada, estamos pasando el confinamiento por la pandemia (¿cuántas veces se habrán pronunciado estos tres sustantivos en estos dos últimos meses? ¿quizá más que a lo largo de toda la historia del castellano, desde finales del siglo X hasta el 1 de marzo de 2020?), los que -decía- tenemos gato, no tenemos el privilegio de salir a la calle para darle un paseo "corto, sólo para cubrir las necesidades fisiológicas" -como ha precisado la autoridad-. Esas salidas sólo son posibles con perro, pero no es una restricción discriminatoria, porque el gato no sale. Ni sale, ni cubre en mitad de la acera sus necesidades fisiológicas. Es más señorial: se baja del sillón y va... al lugar adecuado para lo fisiológico. Y, a su modo, el gato hace la misma compañía: se nos queda mirando fijamente, como en este dibujo que me ha mandado Manuel Alcorlo, tratando de entendernos, y probablemente convenciéndose de que es una tarea imposible. Entre el gato y el hombre hay u...

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