El gancho del trapero

El precedente de los blogs está en los muchos periódicos del siglo XIX que tenían un solo redactor, o varios que eran en realidad uno solo que escribía con distintos seudónimos. Pero el capricho de editarse un periódico propio resultaba caro, y una infinidad de ellos no pasó de los tres o cuatro números. En muchos casos ni siquiera del primero. En la década que va de 1860 a 1870 –por elegir un periodo cualquiera del siglo– salieron en Madrid nada menos que 893 periódicos. Es evidente que la mayoría de ellos respondían a la ilusión de un individuo solitario por encontrar amigos (quizá solitarios también) con los que compartir su vida.

Una de las cosas más extraordinarias de esos periódicos fugaces eran los títulos: Crónica de ambos mundos, Cajón de sastre o montón de muchas cosas, El hablador juicioso y crítico imparcial, Páginas de un demente, El Pregonero, El Conciliador, Don Trifón o el cantor de las verdades, El duende del Manzanares, El gancho del trapero, El Vigía, El Vaticinador, El Centinela, El avisador de España, Azucarillos y merengues, El amigo de todos, El monaguillo de Las Salesas, El bufón de la Corte…

No creo que a estos blogeros del siglo XIX les parezca mal que alguien tome en préstamo una de sus cabeceras para ponerla al frente de un blog del siglo XXI. Entre Crónica de ambos mundos, Azucarillos y merengues y El gancho del trapero, no sabe uno por cuál optar y acaba decidiéndose por el último. El trapero va hurgando con el gancho entre las cosas que encuentra, pincha la que tiene valor y la echa al cesto que lleva a la espalda. Entre tanto trapo sucio, entre tanta vanidad y simpleza, siempre hay algo que lanza un pequeño brillo verdadero, y a veces hasta grande…

 

11/19/2019

       El Adviento es la metáfora terrena de la esperanza. Estamos aquí esperando, en noviembre, un acontecimiento que sabemos que llegará en diciembre: la Navidad. Llegará, llegará sin duda, cada día podemos contar los que faltan para esa fecha. Tienen en el norte de Europa -y hace unos años llegaron a aquí, aunque no se han generalizado- unos calendarios navideños en los que los niños abren cada día una ventanita, hasta llegar al día 25. En cada ventanita hay una golosina.

       Con la esperanza pasa algo parecido. Vamos viviendo la vida, abriendo día tras día una ventanita, que no siempre encierra una golosina -porque a veces el caramelo es amargo-. Tenemos en el horizonte nuestro 25 de diciembre, que para cada cual caerá en una fecha distinta, que desconocemos. Y la esperanza hace que confiemos en que nuestra vida se parezca a su metáfora, y tenga al final el mismo encuentro, nuestra Navidad particular.

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