El gancho del trapero

El precedente de los blogs está en los muchos periódicos del siglo XIX que tenían un solo redactor, o varios que eran en realidad uno solo que escribía con distintos seudónimos. Pero el capricho de editarse un periódico propio resultaba caro, y una infinidad de ellos no pasó de los tres o cuatro números. En muchos casos ni siquiera del primero. En la década que va de 1860 a 1870 –por elegir un periodo cualquiera del siglo– salieron en Madrid nada menos que 893 periódicos. Es evidente que la mayoría de ellos respondían a la ilusión de un individuo solitario por encontrar amigos (quizá solitarios también) con los que compartir su vida.

Una de las cosas más extraordinarias de esos periódicos fugaces eran los títulos: Crónica de ambos mundos, Cajón de sastre o montón de muchas cosas, El hablador juicioso y crítico imparcial, Páginas de un demente, El Pregonero, El Conciliador, Don Trifón o el cantor de las verdades, El duende del Manzanares, El gancho del trapero, El Vigía, El Vaticinador, El Centinela, El avisador de España, Azucarillos y merengues, El amigo de todos, El monaguillo de Las Salesas, El bufón de la Corte…

No creo que a estos blogeros del siglo XIX les parezca mal que alguien tome en préstamo una de sus cabeceras para ponerla al frente de un blog del siglo XXI. Entre Crónica de ambos mundos, Azucarillos y merengues y El gancho del trapero, no sabe uno por cuál optar y acaba decidiéndose por el último. El trapero va hurgando con el gancho entre las cosas que encuentra, pincha la que tiene valor y la echa al cesto que lleva a la espalda. Entre tanto trapo sucio, entre tanta vanidad y simpleza, siempre hay algo que lanza un pequeño brillo verdadero, y a veces hasta grande…

 

4/21/2019

La exposición de Man Ray que hoy se clausura da idea de lo bien que lo pasó con sus amigos los poetas y artistas franceses –Tzara, Elouard, Breton, Aragon, Duchamp…– y la obsesión que todos ellos tenían con el maquinismo que entonces empezaba –fotografías de mujeres desnudas junto a ruedas dentadas–. Pero la gran lección con que se sale de ella es la de esta frase que han reproducido en la pared. Man Ray no quiso hacer obras de arte. Los genios dan lecciones elementales. Ay del artista que quiere hacer obras de arte. Qué mala cosa es ver la voluntad de estilo. Y la verdad es que se ve muy a menudo –en arquitectura y en literatura especialmente: con sobreabundancia de volutas y de adjetivos–. Man Ray dio una lección práctica con el invento de los rayogramas. Tiró su máquina fotográfica y se limitó a poner al sol objetos diarios, durante unos instantes, sobre papel fotosensible. Capturó el alma de las cosas sin añadirles volutas ni adjetivos.

4/18/2019

Manuel Alcántara ha dejado dispersa su obra por una docena de periódicos y a lo largo de varias docenas de años. Lo mismo que su amigo y maestro González Ruano, a cuyas memorias, en la edición de Tebas, puso un extraordinario prólogo que tituló, simplemente, César. Alcántara había recopilado –o le recopilaron, más bien– a finales del siglo pasado un puñado de artículos en dos libros deliciosos: Vuelta de hoja y Fondo perdido. Pero, como en el caso de Ruano, su obra seguirá oculta en las hemerotecas por muchos años, quizá para siempre.

Alcántara tenía una estoica alegría de vivir. A mí me dijo un día: No tengas dolor moral. No sé por qué me lo dijo así. Yo lo entendí como una saludable recomendación de pasotismo. Ese mismo día le pregunté por qué no escribía más versos (qué gran poeta era). Me preguntó que para qué. Le dije: No sé, por la posteridad. Y me dijo: ¿Y qué va a hacer la posteridad por mí?

Ahora que ha muerto Alcántara nos toca quejamos a nosotros. Lo mismo que él se quejaba e...

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