El gancho del trapero

El precedente de los blogs está en los muchos periódicos del siglo XIX que tenían un solo redactor, o varios que eran en realidad uno solo que escribía con distintos seudónimos. Pero el capricho de editarse un periódico propio resultaba caro, y una infinidad de ellos no pasó de los tres o cuatro números. En muchos casos ni siquiera del primero. En la década que va de 1860 a 1870 –por elegir un periodo cualquiera del siglo– salieron en Madrid nada menos que 893 periódicos. Es evidente que la mayoría de ellos respondían a la ilusión de un individuo solitario por encontrar amigos (quizá solitarios también) con los que compartir su vida.

Una de las cosas más extraordinarias de esos periódicos fugaces eran los títulos: Crónica de ambos mundos, Cajón de sastre o montón de muchas cosas, El hablador juicioso y crítico imparcial, Páginas de un demente, El Pregonero, El Conciliador, Don Trifón o el cantor de las verdades, El duende del Manzanares, El gancho del trapero, El Vigía, El Vaticinador, El Centinela, El avisador de España, Azucarillos y merengues, El amigo de todos, El monaguillo de Las Salesas, El bufón de la Corte…

No creo que a estos blogeros del siglo XIX les parezca mal que alguien tome en préstamo una de sus cabeceras para ponerla al frente de un blog del siglo XXI. Entre Crónica de ambos mundos, Azucarillos y merengues y El gancho del trapero, no sabe uno por cuál optar y acaba decidiéndose por el último. El trapero va hurgando con el gancho entre las cosas que encuentra, pincha la que tiene valor y la echa al cesto que lleva a la espalda. Entre tanto trapo sucio, entre tanta vanidad y simpleza, siempre hay algo que lanza un pequeño brillo verdadero, y a veces hasta grande…

 

11/15/2017

La relación entre ficción y realidad se pone también de manifiesto en la famosa afirmación de Aristóteles de que la finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas. Esa esencia secreta es la quintaesencia, la sublimación de la realidad. De manera que la ficción es, en el fondo, la realidad más pura, la realidad despojada de toda ganga. La relación entre ficción y realidad no es por tanto de contraposición, sino de subsunción.

Y Aristóteles añadía en su fórmula sobre la finalidad del arte: y no el copiar su apariencia. Ficción y realidad no están una junto a otra en un plano horizontal, sino una sobre otra en un plano vertical. La ficción no es mímeses, imitación de la realidad, sino diégesis, relato-en-sí, relato que encierra la realidad depurada.

11/12/2017

La distinción entre ficción y realidad, o entre novela y vida, no puede entenderse como una contraposición. Toda ficción es realidad (nadie puede inventar nada si no es sobre la base de su propia experiencia), y toda realidad es ficción (la parte de realidad que captamos es tan mínima, que en realidad nos forjamos un juicio imaginario de ella). Y por las mismas razones, toda novela es vida y toda vida, novela.

Los personajes de ficción, para que hagan posible una novela (una novela valiosa, se entiende), han de estar profundamente enraizados en la realidad; es decir, han de ser arquetipos. Los arquetipos son modelos simbólicos, síntesis humanas que representan una actitud ante la vida. Lo son Don Quijote, Macbeth, Tartufo, Máximo Manso, Dimitri, Ivan y Alexei Karamazov, Andreas Kartak o ese personaje Josef K. que se enfrenta a un proceso inacabable. Cada arquetipo es un ahondamiento en la realidad. Por eso decía Julián Marías que como mejor podía exponerse una filosofía es a través de u...

11/11/2017

Alguien ha escogido cada una de las palabras, con extremo cuidado, y luego ha leído lo escrito varias veces, innumerables veces, para ir puliendo alguna pequeña arista inadvertida que aún pudiera quedar. Más de una vez, como si el texto se estuviera repasando solo día y noche en un estrato profundo de la conciencia, le ha venido de pronto una palabra más precisa de la que había escrito, y ha ido inmediatamente a cambiarla. Pasados unos días, cuando el tiempo ha puesto distancia y puede tratar de leer aquello como algo ajeno, se finge un extraño que encuentra aquellas páginas por primera vez y da la vuelta a una frase, tacha una palabra innecesaria, cambia un adjetivo, se da cuenta de que un tiempo verbal es incoherente, convierte un párrafo en dos, añade una coma, la quita y vuelve a colocarla donde la había puesto.

Luego alguien (distinto) que ha cogido unas flores amarillas silvestres y las ha puesto en un vaso, se sienta junto a una ventana por la que entra la luz tenue de una tarde...

11/9/2017

Al acabar de escribir una biografía, habría que ponerse a escribir un segundo volumen en que se contaran las vidas de todos los personajes secundarios que se cruzaron con el biografiado. No las de los grandes hombres o las grandes mujeres, que ya tienen o acabarán teniendo su propia biografía, sino las de quienes vivieron junto al biografiado una existencia privada y discreta, y tejieron en torno a él esa trama de afectos -duraderos unos y transitorios otros- en que consiste toda vida.

Generalmente, lo que ha quedado de esos personajes secundarios son sólo unos pocos flecos deshilachados, y de lo que se trata es de coserlos de nuevo para que recobren el lustre que todo relato de una vida, por modesta que sea, debe tener. Como suele decir Andrés Trapiello, todo el mundo tiene su novela. Hay quien tiene sólo un cuento o una fábula, pero también merecen ser contados. 

Esta es la fotografía de Frieda Baumgartner, la asistenta que venía andando todas las mañanas desde el cercano pueblo de Sie...

11/6/2017

Entre cartas antiguas, casi rasgadas por los pliegues, y pardos el papel y la tinta, encuentro la de una joven alemana que en la primavera de 1942 le escribe a mi padre, que está en un hospital de campaña, convaleciendo del desgarro de un brazo causado por la metralla de un obús. Le dice que no le envía una foto suya, porque debido a las carencias de la guerra, está demacrada, extremadamente delgada y tiene el pelo (Haartracht es la palabra que utiliza, que es más bien el estado del pelo) ralo y lacio, aunque en realidad su pelo es abundante y rizado. Por eso ha decidido dibujar su auténtica imagen, para que él se haga idea de cómo en realidad es. Ya no tengo estos pequeños ricitos, escribe al pie del dibujo.

Le dice también, con rotundidad, que no va a hacerse ninguna fotografía (ich werde keine Aufnahme von mir anfertigen lassen), quizá porque piensa que, de no morir bajo las bombas, nunca recuperará su imagen auténtica.

¿Cuál es esa imagen auténtica, esa imagen real? ¿Cuál es la nuest...

11/4/2017

Del interés por una obra se suele pasar al interés por el autor. Decía Marañón que todo libro debe llevar un prólogo, una nota biográfica y una foto de quien lo ha escrito. Son tres elementos personales que van más allá del contenido del libro. Sin esos tres elementos, el contenido del libro -que al fin y al cabo es lo importante- no variaría un ápice. Pero es que el lector siempre quiere saber cosas del autor: ¿Quién lo ha escrito, cómo es su aspecto físico, qué vida lleva, cómo ve él su propia obra?

En los libros científicos lo personal suele quedar más lejano. Quien estudia, durante años, un tratado de física del estado sólido, de Derecho civil, de patología quirúrgica o de diseño de estructuras puede ignorarlo todo sobre el autor. Y es una lástima, porque el autor es generalmente un tipo interesante, que ha llevado una vida esforzada de estudio y de sacrificio, y que se ha planteado -como todo el mundo- los grandes temas de la vida y tiene de ellos una visión inteligente.

Manuel Peña...

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