Nací en Torrijos, un pueblo de Toledo que no llegaba entonces a los cinco mil habitantes, sin agua corriente y con las calles empedradas de guijarros. Era un pueblo bonito de fachadas encaladas y tejados ocres. La casa de mi abuela, donde vine al mundo una tarde de fines de septiembre, tenía dos plantas. La planta baja era la farmacia y la alta, la vivienda. En el patio había un pozo, una pared cubierta de yedra, una parra que tamizaba la luz implacable del verano y multitud de flores de camomila. En las últimas habitaciones del piso de arriba no se entraba nunca. En ellas se fraguó mi espíritu aventurero. Abría las últimas puertas y tenía la sensación de descubrir continentes. De aquellas excitantes expediciones domésticas me viene la pasión por los viajes cortos y mi desinterés por los viajes exóticos.

A los pocos meses de nacer me llevaron a Tánger. Allí vivimos años muy felices, años de libertad sin límites y de amistades dispares, hasta que se nos hizo saber a los europeos, con actos y con palabras, que había llegado la hora del regreso.

Luego vivimos en Schwäbisch-Gmünd, un pueblo de Suabia. Cada día, antes de que saliera el sol, mi padre, que era médico, se iba a trabajar al hospital  y no volvía hasta la noche. Aquel trabajo de sol a sol o, mejor dicho, de luna a luna, y sometido a una disciplina ordenancista y cuartelaria, era todo lo contrario de la alegre vida tangerina. Mi padre se hartó. Aquel tiempo ha quedado resumido en mi memoria en una plaza con una fuente barroca bordeada de flores rojas. Como en casi todos los pueblos alemanes hay una plaza con una fuente barroca bordeada de flores rojas, siento una emocionada actualización de mi infancia cuando piso cualquiera de ellos.

Y nos vinimos definitivamente a Madrid. Durante unos años,la ciudad sólo tuvo para mí dos barrios, el de la casa y el del colegio. El de la casa era el del paseo de San Vicente, desde la plaza de España -en la que había una galería de arte, Quixote, que empezó a modelar mi sensibilidad estética-, a la estación del Príncipe Pío -de la que subían de cuando en cuanto los lentos pitidos de los trenes, de extraordinaria profundidad cuando estaba oscureciendo-. El barrio del colegio era el de la calle de Concha Espina, que entonces estaba en el límite norte de Madrid: sólo había descampados y ovejas que ramoneaban en ellos.  

Me dieron algunos premios literarios juveniles. Cuando tenía trece años fui a ver a Azorín, que tenía entonces noventa y tres, y en seguida me di cuenta de que iba a ser mi modelo literario, aunque no sé si me he acabado pareciendo en algo. Creo que no. En el Conservatorio Superior de Música de Madrid fui alumno de Federico Sopeña, la persona de quien más he aprendido. En la dedicatoria de un libro suyo me llama discípulo. Creo que tiene razón. Ser discípulo de un catedrático de historia y estética, que además era monseñor, le marca a uno de manera distinta que si hubiera sido discípulo de un profesor de teoría del dinero que, además, fuese empresario.

Dejando a un lado la vocación literaria, me dediqué a hacer oposiciones. Luego he tratado de compaginar el derecho con la literatura. He escrito mucho, me han dado algún premio, y tengo la sensación de conocer a todos mis lectores.

Al piano toco tangos de Gardel -los compuestos por él, quiero decir-, de Pugliese y de Canaro, y la verdad es que me gustaría que, al jubilarme, me dejaran trabajar como pianista nocturno en algún café madrileño.

 

Tánger, Cabo Espartel

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© Antonio Pau                                                                        

 

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